El Libertino – Capitulo 5

CAPÍTULO 5 Nivel 2

Las dos bailarinas

A los veintidós, más o menos, esa época fue muy especial, para no decir extraña. A Damiel se le había encaprichado que le interesaba el baile. El baile moderno, eso es. Y a pesar de que ya tenía rabiosas ganas de sexo, la nostalgia lo invadía a veces. Sobre todo que poco después la separación con Danielle, su previa y primera novia, ella se había mudado a otra ciudad. Peor, nunca la ha visto de nuevo.

Para quitarse la tristeza, que mejor que una novedad en su vida, se había dicho por sí mismo.

Por eso Damiel sentí la obligación de cambiarse las ideas. Y los cursos de baile le había parecido una buena iniciativa. Entonces, después unas búsquedas y llamadas telefónicas Damiel se topó con una escuela de baile. Ubicada no tan lejos del apartamento que tuvo con su ex pareja, en el centro de la misma localidad.

Era un día de diciembre. Un miércoles por la noche, creyó él. Había caminado buena parte de la tarde. Y ahora, deseaba inscribirse para la nueva sesión que venía en enero. Se fue así hasta la escuela.

Las dos bailarinas - Capitulo 5

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La profesora de baile que lo recibió lo hizo con zalema. Pues las clases siempre consistían en una mayoría de hembras. Así que visiblemente se hacía honor de recibir a machos. La clase que iba a corresponderlo contaba diecisiete personas: dieciséis muchachas y un muchacho. A partir de aquella noche, iban a ser dos.

Por el cariz que después tomaron los encuentros, no vale decir que el curso cada vez se ponía más interesante. Viendo todas aquellas chicas y mujeres vestidas de trajes ajustados como “bodies”, leotardos y mallas, la tristeza no le iba a pegar largo tiempo. Además en aquellas sesiones de baile había unas que no llevaron nada más que leotardos escoltados. Así que a cada curso la concentración se ponía más ardua.

Practicando el baile moderno, cada miércoles era para Damiel otra oportunidad de conocer a las bailarinas un poco más.

Hay que recordar que en este periodo, Damiel aún no buscaba a los machos, sólo a las hembras. El gusto a los retozos entre muchachos todavía no le había salido. Tampoco hubiera entendido un hombre atraído por otro hombre. Aún no.

Entonces, cada semana, sobre todo a dos entre ellas que le interesaban, se las hablaban, se las acercaban, se las conocían mejor, hasta seducirlas. Pues la relación se estableció rápido y los eventos se desarrollaron como un rabión rompiéndose, hasta salir juntos con frecuencia.

Sus nombres eran Lisa y Annie. La primera presentaba un cuerpo longilíneo, y tenía dieciocho años de edad. Medía uno metro ochenta con senos pequeños apenas crecidos. Annie, aunque mayor de edad, era más corta y muy pequeña de cuerpo. Alta de apenas un metro cincuenta, sus mamas parecían rondas como ciruelas. Sus nalgas predominaban redondas y cortas. Para decir la verdad, un cuerpo irresistible y una pinta turbadora.

Por el tiempo de unas semanas Damiel, Lisa y Annie salieron a la discoteca, hicieron patín de cuchillas, fueron al cine. En la picantería de la esquina salieron a tomar refrescos y a platicar. A principios, las dos chicas se veían más como conocidas que amigas. Pero con tiempo, con manas y taimado, Damiel se iba tramando. Para al final lograr en transformar los tres en verdaderos cómplices de la triada. Las dos sílfides estaban casi listas.

Claro que a esa edad Damiel ostentaba una gran curiosidad para el sexo. Algo natural. Pero un rasgo que se convertirá más tarde en un temperamento lúbrico, como lo veras.

Por el momento, la sola idea era de poder admirar no una pero dos chicas desnudas en la misma cama. Al menos, a partir de ahora que las dos eran como uña y carne, eso era la intención. Tener un trio sexual era otra cosa. Otro nivel.

Aproximadamente cuatro semanas después, Annie invitó a Damiel a pasar tiempo en su propio apartamento. Asombrado por la invitación, Damiel aceptó con placer. Un encuentro que iba a desarrollarse de manera inesperada. Lisa, supuestamente, iba a ser presente, según su amiga.

Era la una y cuarto de la tarde cuando llegó Damiel en el umbral de su puerta. Sonó, y esperó hasta que la bella Annie viniese a contestar. El sol resplandecía y los gorriones iban silbando.

Y de repente, la puerta se abrió lenta. Y allí se encontró cara a cara con la guapísima Annie. En su sonrisa había algo diferente. Se saludaron con febrilidad aunque no supieron por qué. Algo que Damiel no pudo analizar en el momento.

El hogar de este joven iluminaba con mucha luz. Tres grandes ventanas en el salón y dos en cada una de las otras habitaciones. Un ambiente femenina, con colores claras y empapelado de flores en la pared principal del salón. La cocina se había quedado blanca mientras su dormitorio flotaba en una nube rosada, entre la infancia y la adolescencia. Un antro invitador lleno de almohadas y de cojines.

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Las dos bailarinas

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Después de haber hecho la vuelta del apartamento se sentaron sobre el diván, frente al ventanal. Una vez instalado Damiel realizo los detalles. La decoración se desarrollaba en múltiples cosas puestas aquí y allá. Figurillas, frascos y animalitos de porcelana animaban el lugar.
— ¿Pues tienes plata? preguntó Damiel.
— No yo, mi papá, sí. Y me ayuda mucho.
— Tienes tú mucha suerte.
— ¿Y tus padres, no te ayudan?
— Lo querían, pero no lo pueden tanto.
Annie rompió el hielo ofreciéndole algo que beber.
— ¿Te gustaría un refresco?
— Si, por favor, una Coca-Cola lo hará.
El vestido que llevaba Annie le salía suficiente sexi. Ni poco ni mucho. Algo de buen gusto. El tiempo que ella se iba y regresaba de la cocina, aprovechó admirar el ambiente en el cual se había introducido.
— Gracias, dijo Damiel, tomando de las manitos de Annie el vaso. Y rompió el hielo a su vez.
— ¿Lisa, aún no ha llegado?
— No, aún no. Llegará más tarde, contestó ella.
Poco decepcionado, Damiel insistió.
— ¿Pero va a llegar…
— Sí, sí, no hay problema.
Es que las tres habían hablado de la posibilidad de desnudarse juntos, cuestión de ver las sensaciones que procuraría tal experimento. Damiel quiso asegurar el plano.
— ¿Dime, dijo él, un poco tímido, siempre estás de acuerdo?
— Claro que sí.
— Perfecto entonces, charlamos mientras la esperamos.
— ¡Dejarte engañar, tú vas! dijo su pene de repente, saliendo de ninguna parte sino de sus pantalones.
— ¡Ciérrala! le contestó Damiel. No te metes en mis cosas.
— ¡Qué va! Son mis cosas también, amigo!
— ¿Eres mi amigo ahora?
— Tu amigo si quieres, más bien tu alter ego.
— ¡Tu alter ego! No, no creo. Más bien tu maestro, opinó Damiel.
— De toda manera, aquí no obtendrás lo que busques.
— ¿Qué sabes sobre eso?
— Bueno, contrariamente a ti, yo escucho mi fuero interno.
— Mejor, le contestó Annie de repente, charlamos un poco y vámonos en el dormitorio después.
Excitado e intranquilo de perder el escenario previsto, Damiel no supo que decir salvo hacer un simple meneo de cabeza.
— Aquí viene el engaño, concluyo el pene.
— Cállate, tu opinión no me importa.
— Tendría algo que mostrarte, señaló Annie. Algo que nadie conoce de mí, hasta Lisa.
Damiel no sabía nada de que se trataba.
— Es un secreto mío que nunca divulgue yo. Normalmente, quiero decir.
— ¿Y porque “normalmente”? preguntó él.
Con una cara ruborizando, Annie le confió que ella se había encaprichada con él.
Alegrón.
— ¡Hala! Estoy muy contento de oírlo…, y ruborizó a su vez. ¿Pero por qué¿ ¿Algo especial te colgó?
Damiel, aunque alegrado, se puso la cara interrogante.
— El caso es que…, farfulló Annie, tímidamente. Había algo en tu manera de estar. Tu manera de respetar a los demás. Y eso me gustó del principio.
— Bueno, tía, respondió él como si hubiese la sola palabra que conocía.
Y del momento que trató de decir algo más…
— Basta de charla, vámonos.
Y Annie tomó a Damiel por la mano y le trajo hacia la habitación rosada.
En la mente de Damiel, el escenario de Patricia se repetía. Estaba perdiendo el control. De resultas el nuevo escenario.
Ellos, como jóvenes torpes sin experiencia, empezaron a besotearse. Luego se acariciaron con timidez.
— Ves, nunca te vas a acostarse con dos chicas, hoy, explicó su pene.
— ¿Porque me molestas en este momento preciso?
— Te estoy vigilando.
— Blablablá, eres mi amigo, yo soy tu maestro… ¿qué más?
— Un consejero…, lanzó su sexo con un tono de duda.
Damiel se partió de risa.
— ¿Algo te hace reír? le preguntó Annie.
— No, no. Discúlpame, estaba pensado en nuestros cursos de baile. El torpe seductor en él hizo que la miró con una sonrisa tonta.
Annie era verdaderamente de belleza excepcional. Y los amorosos del día emprendieron a quitarse la ropa sin demorar.
— ¡Qué falso chocho! comentó su pene.
— ¿Chocho yo? No chico, las hembras tienen chocho, no los machos.
— Ignorante, debes abrir el diccionario más a menudo. También quiere decir persona que siente cariño o simpatía por otra. TÚ ERES UN FALSO CHOCHO. Estas aquí sólo para sexo.
— ¿Y ella, no?
— Un verdadero hombre le hubiera pedido mirándola en los ojos, o hecho algo de romántico.
— Si eres tan inteligente, tal vez debería yo atribuirte un nombre, ¿no?
— Haz lo que quieres…, se ve que no escuchas nada de lo que digo.
— Así es, te bautizo Ed. Que me hace pensar en dick head en inglés. Un muchacho que piensa con su pene. Dicho de otro modo, una cabeza de glande. Así seremos dos.
— ¡Ay, déjalo! dijo Ed, ofendido.
— Hace tiempo que quiero tentarlo, confesó ella.
Nerviosamente Damiel le preguntó de qué se trataba. Y de repente lo pensó.
— ¿Serás virgen?
— No, no, dijo Annie, nada de eso. Pero hace un tiempo que no tuve amiguito. Y cuando te viste por primera vez en el curso de baile, se me cogió de un golpe. Terminando su frase, Annie se acercó para besarle.
Así pasaron los siguientes momentos, besuqueándose. Lentamente Annie arrastró Damiel hacia la cama. Se dejaron caer encima como se fueran soldados de metal.
Poco a poco, acariciándose más y más, Damiel sintió un deseo fuerte de bajarle los vaqueros. Al hacer su movimiento, Annie le indicó:
— ¡Ni pensarlo!
Eso se le bajó en seguida la sonrisa a Damiel.
— Pero…, y ella puso su dedo índice sobre sus labios, como para suavizar su orden.
— ¿Y Lisa…?
— Olvídate de Lisa. Y Annie le envió una sonrisa llena de picardía. Tengo algo para ti, dijo ella entonces. Sólo para ti. Y lo puso ligeramente. Ponte de pie por favor. No sabiendo lo que buscaba,Damiel se ejecutó con hesitación. Por hoy, lo que quiero no se encuentro en mis pantalones. Pero en los tuyos…

Damiel había comprendido. Pero no totalmente. La bailarina le ayudó a bajarlos. Aun quitarle toda la ropa. Y otra vez, nuestro personaje iba a encontrase desnudo como un salchichón frente a una chica vestida.
En seguida Damiel pensó en Patricia que le había devorado todo el sexo sin decir oxte ni moxte. Pero en este caso, nunca hubiera podido adivinar la sorpresa que le ofrecería Annie.
— Yo me…, sin terminar su frase, se vio los labios de nuevo apoyados por su dedo índice.
— No tengo dientes, dijo ella entonces, con una chispa de orgullo.
— ¡Qué dices!
— Tuve un accidente cuando joven, y el doctor me arrancó todos los dientes. Que ahora tengo dos prótesis dentales.
— ¡Venga ya! ¿Qué me…?
En el mismo momento Annie se las quitó sin ninguna hesitación.
— ¡Dios mío, que estás haciendo…! dijeron Damiel y Ed, exclamándose a coro.
Claro que la sorpresa los había negativamente golpeado.
— ¡Cállate…, y déjame hacer lo que quiero? ordenó Annie.
No pasó largo tiempo que el vicioso por dentro de Damiel preferí hacer nada, a ver lo que ocurriera.
— Para decir la verdad, explicó ella, desde mi accidente nunca pude convencerme de hacerlo. Y lo miró con ojos que dijeron: te vas a ningún lugar.
— No, no la dejes hacer, por favor, gritó Ed.
— ¡Coño! ¿Qué quieres esta vez?
— No la dejes hacer, porque eso siempre me pone enfermo.
— ¡Qué rollo! ¿Debería yo rehusar una felación ahora?
— No primicias, no caricias, no entiendes que aún no estoy listo. Todo esto es demasiado rápido para mí.
— Hay que notar que eso no fue mi elección, tonto.
— Demasiado rápido, repetía Ed. Eso no es lo que estábamos por hacer. No me gustan les engaños.
— Creo que eres un sentimental. Un flojo.
— ¡Sin preámbulo ninguno, así que lo quedaré, flojo!
— ¡Basta, basta! ¡Cállate ahora! Y déjame desfrutar.
Al menos sin dientes yo riesgo nada, admitió Ed por sí mismo, encogiéndose de hombros.
Fue así que Damiel experimentó la más lenta felación de su vida. Esta vez la chica no tenía prisa. Y justo antes de ponerlo la lengua encima por primera vez, le ordenó:
— Ahora, te quiero tranquillo, muy tranquilo. No te mueves ni siquiera.
Annie sólo tenía veinte años de edad y poca experiencia, pero parecía que sabía lo que buscaba.
Y la sesión empezó.
Comenzando por tocarle el pene con la punta de la lengua, obviaba que la situación iba a ser diferente de la con Patricia. Pero era también claro que este tipo de acción
había nada que ver con les retozos amorosos que Damiel imaginó para llegar al sexo. Bajo este aspecto, Ed tenía razón.
— ¿Me gustaría…, tratando de añadir algo, Annie levantó una mano diciendo “ni hablar”.
Luego, abriéndola poco a poco, Annie puso el glande de Damiel en su boca.
Aquí, todo cometario hubiera arruinado la dinámica del momento. Había que admitir que para Damiel, ver a una doncella tan joven, sin dientes ningunas, era algo por lo menos extraño.
Los minutos que siguieron fueron sublimes. También para Annie, por lo que se vía. De toda evidencia ella gozaba tanto como Damiel.

Curiosamente, y como lo había notada mientras los cursos de baile, Annie tenía una osamenta flexible. Para ella poner una pierna por arriba, por encima de los hombros, era algo natural. Encorvar su espalda por atrás tanto. No necesito decir que el imaginario de nuestro muchacho ya se había hecho a volar en locas extrapolaciones.

Esos momentos pasaban lentos. Lentos como el movimiento que Annie ahora hacía con su cabeza. La facilidad con lo cual danzaba en el suelo de la escuela de baile se repetía aquí, pero para otra finalidad.

Tan pequeña era ella, también su boca, que no podía creer lo que estaba viendo. Al contrario de Patricia que tenía rasgos negroides, Annie, entre finos labios, se hundía el sexo de Damiel hasta el fondo de la garganta como si nada. Sobre todo que el ángulo de su pene, como lo precisó yo antes, curvaba por arriba. Nada que le facilita la tarea a una. A pesar de todo, con diestro se ejecutaba, a repetición. Con mucha lentor. Y cada vez que sentía que Damiel trataba de balancearse, se le impidió con las manos, agarrándole por las caderas. Así Damiel vio su pene duro desaparecer y reaparecer varias veces de esa boquita.
— ¡Hum, hum! decía ahora Annie, sentando el calor subir en la verga del chamo.
Desde que había empezado ni se paró un instante ni pronunció una sola palabra. Y al punto de un rato, se lo salió de la boca.
— ¿Te gusta?
Damiel, con los ojos llenos de inocencia, confirmó con la cabeza. Ninguna palabra podía describir la sensación.
— Falso inocente, susurró Ed del fondo del orificio bucal de Annie con una voz cavernaria.
Ella tuvo un talento de verdad. De poder sostener esa acción tanto tiempo, no lo podía creer. Damiel observaba sus movimientos. Cada vez más despacito. Aún se veían las venas de su pene apoyarse con esos delicados labios. Labios rojos y húmedos cubriendo y descubriendo la cabeza de Ed, y todo el resto. Y cuando Annie, de repente, se lo puso muy por dentro, hasta ponerse la cara contra el vientre de Damiel, las dos antagonistas se exclamaron juntas.
— ¡Dios mío!
Trabajando y buscando su propio placer Annie se lo había hundido hasta que sus labios viniesen a tocar la raíz misma de Ed. Ed que ahora se quedaba mudo, quieto, pero muy duro.
A Damiel, a través sus testículos hinchados la savia le montaba poco a poco. El suplicio se transformaba en goces. Las manitos de Annie le apoyaba suficientemente el escroto para aumentarle la presión. La presión…
— Me siento enfermo, muy enfermo, dijo Ed.
— ¡Ay sí, Annie, voy a venir…, voy a venir! confirmó Damiel.
— ¡Voy a vomitar! añadió Ed. ¡Voy a vomitar…!
— ¡Hum! ¡Hum! contestó finalmente Annie. Es lo que quiero… Quiero todo… Tragar todo.
Esas palabras sonaron como un golpe de trueno a sus oídos. Damiel sintió que sus testículos eran por explotar. Ed, que su estómago no podía retener más.
— Perfecto, precisó ella que ahora mantenía una mano sobre sus nalgas, la otra sobre su escroto. Y la cabeza que siempre se le balanceaba… Por detrás…, por atrás…, por detrás, por atrás…
— ¡Así es, así es!, siento tu cuerpo temblar, procuró mencionar ella.
Escuchando esas últimas palabras las piernas se le faltaron un poco, obligándole en apoyarse sobre la cabecita de Annie.
— ¡Dios mío!, eso es demasiado, no puedo más, reafirmó Damiel.
— Yo tampocooo…, expulsó Ed.
— Dámelo, dámelo todo. Quiero gustarte, probar el gusto de tu esperma.
Y luego Annie hizo un movimiento de adrede, y se lo hundió todo el sexo duro de Damiel, hasta tener la boca aplastada contra su bajo vientre. Y allá se quedó. Levantando la mirada hacia Damiel, lo miró de hito en hito como para mostrarle su audacia, y su capacidad.
— ¡Caramba! gritaron juntos Damiel y Ed.
Toda la potencia de sus jóvenes testículos empujó a fuera una fuerte y generosa descarga.
— ¡Hum…, hum…, hum..! masculló ella, tragando cada salva que recibía al fondo de la boca.
Y a Damiel le salía del escroto varios chorros más, una tonelada de crema inimaginable.
Ed estaba enfermo de verdad.
Aun se podía ver el trabajo de los músculos de la garganta de Annie engullendo todo.

Al final, Damiel se retiró de la boquita infernal. Annie terminó de saborear lo que había tramado desde días. Y el “maestro-cola” Ed, él, se quedaba aturdido, agotado.
Para unos instantes, tranquilos, allí se quedaron los tres.
Aunque totalmente feliz de ese encuentro, Damiel aún no había realizado su fantasma. El de acotarse con las dos bailarinas.

FIN

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Detalle: Como lo habrás notado este capítulo era de ser uno de nivel 2, queriendo decir la interacción entre un hombre y dos mujeres o viceversa. Pero no lo fue. Considerando lo que ocurrió a Damiel, la historia se clasifica más bien en el nivel 1. Un encuentro de nivel 2 (aun 8) está disponible en el capítulo 7.

Ver aquí el cuadro de los Niveles de encuentro inventado por Damiel. – Volver a la Introducción del Libertino


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